domingo, 13 de mayo de 2012

El Perro


Comprendí que me convertía en perro una noche en que me descubrí aullando antiguas penas de lobo a la Luna.
Imperceptiblemente al principio, con más nitidez después, mis sentidos se volvían más y más caninos.
Mi olfato, por caso, se tornó poderoso: podía percibir el olor de una persona aún antes de verla llegar o pasar. 
Poco a poco, mutaba en un perro de dos patas.
La lealtad a mi jauría no me resultó algo novedoso. Al fin y al cabo, siempre fui un perro-humano, un ser por naturaleza fiel.
(Porque no hay ser más fiel que un perro)
A medida que marchaba hacia la perritud, mi relación con los humanos se volvió cada vez más ajena: me transformé en un extraño entre ellos.
Finalmente, una tarde se completó mi transformación.
Ya era un perro.
Uno más de la jauría.
De modo que no tardé en descubrir la capacidad de traición humana.
Pronto me abandonaron al costado del camino.
(¿Hay acaso mayor deslealtad que abandonar al ser más leal?)
Ahora no tengo dueño.
Sólo tengo frío.
Y nadie viene a rescatarme.

domingo, 29 de abril de 2012

Espera


Un hombre espera sentado su muerte.
La luz que entra por una ventana dibuja la sombra del hombre en el piso.
Tiene una forma extraña la sombra.
Como una alucinación.
La sombra del hombre cambia, muta a lo largo del día a medida que el sol se mueve por el cuadrante del cielo.
El hombre sigue inmóvil.
Pero ya es de noche.
Ya no hay sombra.
Ya no hay cielo.
El hombre sentado, inmóvil, espera su muerte.
Que no llega.

domingo, 8 de abril de 2012

Inexistencia


El hombre constató que había desaparecido cuando por la mañana se miró en el espejo del baño y no se vio reflejado.
Aquello era increíble.
Podía sentirse, tocarse y hasta verse a sí mismo, pero una extraña sensación de levedad le invadía el cuerpo, como si no tuviera peso.
Atónito, el hombre salió a la calle tropezando.
Aunque nadie reparó en su presencia.
Ni siquiera los perros.
Con una sombría presunción, el hombre deambuló sin sentido por la inmensa ciudad, en busca de alguna respuesta.
En un umbral antiguo se detuvo a contemplar el sol.
Era un hermoso día.
Rendido, el hombre comprobó su inexistencia al ver que su cuerpo no producía sombra alguna en las paredes.
Entonces, el hombre supo que no era más que una ficción.

domingo, 25 de marzo de 2012

La cuna




La Tierra es la cuna de la humanidad. Pero uno no puede pasar toda su vida en una cuna.
Konstantín Tsiolkovski




Grises y amargos esqueletos de antiguas ciudades. Cementerios de hormigón sepultados por pantanos de basura. Paredes muertas, carcomidas por madreselvas y por hiedras felices.
Eso es todo lo que encontramos.
La Naturaleza ha vuelto a adueñarse de la Tierra, a enverdecerla, a invadir de polen ese gris de civilización extinguida.
Las grandes urbes humanas ahora son nicho de animales y de flores.
Libre ya de smog, el sol ha vuelto a brillar en el cielo del pequeño planeta azul.
¡Y el aire, Dios, el aire de la Tierra es el más maravilloso que jamás he respirado…!
Naturaleza, cielo, verde, aire.
Vida.
Nada más encontramos. Por primera vez en cientos de años, testigos asisten a un amanecer en una Tierra ya sin habitantes. Sólo nosotros somos los únicos humanos en constatarlo. Aunque ya no es lo mismo: somos humanos, si, homo sapiens sapiens, en efecto, pero no somos terrestres. Nacimos en el espacio, muy lejos, soñando algún día con volver a nuestra cuna, la Tierra.
Nuestra cuna.
Hace siglos que perdimos el contacto con los terrestres y más siglos tardamos en regresar. Muchos de nosotros murieron en el camino.
Nos llamaron locos.
Les pido perdón, a quienes leyeren, por mi premura y por mi emoción, pero lo que estoy haciendo no es lo usual. Me refiero a escribir, para que tal vez alguien lea este texto, en algún futuro posible.
Los humanos volvimos a la Tierra luego de muchos años de colonización espacial. Volvimos como un melancólico hombre que vuelve al desván oscuro de su antigua casa y recupera del olvido su polvorosa cuna que no ha visto en años, y que apenas reconoce. Volvimos, pero no encontramos nada. Mejor dicho, a nadie. Ni un humano. Todos se fueron, quién sabe a dónde, y nunca jamás regresaron. Acaso se extinguieran. Abandonaron la Tierra por siempre, dejándola otra vez en manos de la Naturaleza.
El planeta está vacío de Humanidad. Sólo quedan vestigios de ciudades amarillentas. El mar azul invadió las costas sumergiendo a la civilización humana como a un cardumen fantasmal y brillante. ¿Dónde está París, dónde Nueva York? ¿Dónde se fueron todos?
Recorrimos los cinco continentes buscando. Nadie. Se llevaron todo lo que pudieron: los edificios y los puentes marchitos y las estatuas y los niños.




domingo, 11 de marzo de 2012

Señal

Se apoyó el revólver en la sien.

Sintió el frío oscuro del caño en la piel.

No había nada más para meditar.

Era el fin.

Gatilló.

Pero nada ocurrió.

Volvió a gatillar.

Nada.

Revisó el arma y constató que todo estaba en su lugar.

Un oscuro sentimiento cruzó por su mente.

Se había disparado dos veces, pero el gatillo se había trabado inexplicablemente.

Se había matado, en efecto, pero sin lograrlo al fin.

“Es una señal”, pensó, sombrío.

Entonces supo lo que tenía que hacer.

Recargó el arma.

Su cara no tenía expresión alguna.

Y salió a tomar venganza.

De todos modos ya estaba muerto.


domingo, 4 de marzo de 2012

Personaje


La amaba.

Pero la maté porque descubrí que yo sólo era un personaje de sus historias.

Esto fue lo último que ella escribió.

domingo, 19 de febrero de 2012

Sepan disculpar





La brevedad es así.

domingo, 12 de febrero de 2012

Mala praxis

El asunto se complicó cuando el muerto llamó a mi puerta.

Yo estaba seguro de haberlo matado bien muerto.

Para eso soy un killer que se precia de tal.

Pero el tipo se presentó bañado en sangre y aseguró que mi trabajo no estaba correctamente hecho.

Incluso amenazó con denunciarme a defensa del consumidor.


domingo, 15 de enero de 2012

Resurrección



Estoy cansado de fallecer tan a menudo.

Ya no se cuántas veces más podré resucitar.

domingo, 1 de enero de 2012

Recuerdos


Decidió eliminar de su mente todos sus malos recuerdos. Estaba harto de cargar con un peso muerto en su memoria.
Se presentó en la clínica y se sometió al tratamiento correspondiente.
Cuando salió del lugar, una extraña y misteriosa paz lo invadió. No recordaba prácticamente nada, excepto aquella tarde en una cabaña.
Y aquella mujer.
Comprendió que estaba perdido en la gran ciudad.

domingo, 18 de diciembre de 2011

La mortaja


Gritó. El hombre solo flotando en el espacio hacia su muerte segura gritó. Fue un alarido absurdo, inhumano, que sólo él oyó dentro de su escafandra. Y nadie más. Nadie hubiera podido oírlo en cien millones de kilómetros a la redonda. Nadie.
Nadie.
Flotando solo. Solo flotando en el espacio rumbo a una asfixia lenta, tibia, lenta. Solo, flotando hacia su muerte negra, silenciosa. La negra muerte ingrávida que lo rodea. Casi podía tocar las estrellas con la punta de su guante, con sólo estirar el brazo. Allí, por arriba, por abajo, por todos lados, se tiende el mar lechoso de la Vía Láctea, brillando en el visor de su escafandra. Y Júpiter, un pálido globo marrón que brilla distante.
No tuvo alternativa: si se hubiese quedado en la nave, una muerte horrenda lo esperaba sedienta. Morir como una rata, como una sardina enlatada, carbonizado en un pedazo de metal moribundo. ¿Para qué? No tuvo tampoco el coraje de matarse. Siempre hay que darle una oportunidad a la vida. ¿La vida? ¿Su vida...?
¿Cuánto tiempo prolongó su vida, o mejor dicho, postergó su muerte segura, su segura muerte? ¿Una hora? ¿Dos, quizá? Todo el tiempo que le restase oxígeno a su traje. Una hora, dos... ¿Para qué dilatar la agonía de una muerte inexorable?
¿Hay, acaso, diferencia alguna entre morir, y morir una hora después? ¿Qué obliga a los hombres a luchar por la vida aún sabiendo que se trata de una partida perdida de antemano?
Entonces, con sombría decisión, se calzó el traje, abrió las escotillas y simplemente lo hizo: se lanzó al espacio, al cero absoluto, a la exuberante nada de la infinitud.
Entregarse como a una eternidad.
Fue un instante de extraño éxtasis, de vértigo atroz -y al mismo tiempo-, de profundo y primigenio terror. Como nacer y morir en un mismo momento.
Y vio a la nave alejarse y estallar luego en una mancha azul y silenciosa en el espacio.
Y luego, nada más.
El silencio del Universo era atronador. Un silencio pesado y espeso. ¿Así será la muerte?, pensó. Sólo su respiración agitada -que hasta entonces no había percibido-, le hizo comprender que aún estaba vivo. ¡Vivo! Una insignificante porción de vida en medio de la absurda desmesura del cosmos; un mísero pedazo de ADN flotando a la deriva, solo, monstruosamente solo, hundido en la inmensa mole del espacio-tiempo.
Permanecer flotando para siempre como una pequeña estrella errante y moribunda. Para siempre.
El Universo será mi mortaja, pensó mientras se sumergía como en un sueño.
Una original mortaja.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Última maldición

"Si todas las personas que matamos

con el pensamiento muriesen de verdad,

el mundo ya no tendría habitantes"

E. CIORAN


En un principio lo supuso una mera casualidad, una perversa pirueta del azar, ese dios inextricable. Al fin y al cabo, lo único que había hecho era haberlo maldecido, haberle lanzado ese mal deseo que a todos se nos escapa de la boca cuando estamos disgustados con alguien.

"Ojalá que te pise un auto", pensó en ese momento cuando vio a su vecino -desde la mirilla-, marcharse por el corredor.

Lo pensó con ganas, como si el deseo pudiese cumplirse, ineluctable.

Habían discutido por una cuestión de la medianera, una discusión vulgar entre vecinos. Hubo algún insulto, un improperio. El hombre amenazó, dijo no sé qué cosas y se fue por el pasillo.

Pocos días después, el vecino al que maldijo no tardó en sucumbir bajo su cruel imprecación. Grande fue la sorpresa cuando se enteró de que al tipo lo había atropellado un auto, que lo hizo mil pedazos. El hecho sucedió tal y como él lo había imaginado en su maleficio, aquella tarde cuando discutieron por la medianera. Parecía una extraña coincidencia. Pero no pudo evitar que se apoderase de su espíritu un oscuro sentimiento de culpa, y al mismo tiempo, una sensación misteriosa de poseer el maldito don. Si él en nada creía. Ni en Dios.

¿Era una mera casualidad, el hecho de que a ese vecino suyo -que no era su amigo ni su enemigo, al fin de cuentas-, le había sucedido "algo", algo por él previsto con sólo desearlo con la mente? ¿O se trataba ciertamente de una capacidad desconocida por él hasta entonces, un poder oculto y siniestro que poseía sin saberlo? Si lo único que había sucedido entre ambos era una tonta discusión de vecinos, una nimiedad sin más efecto que un simple intercambio de palabras, un incidente cotidiano y menor. ¿Podía ser que algo tan pequeño desatase tanto odio y poder? ¿Era una simple casualidad?

Jamás hubiese vislumbrado que con ese improperio absurdo nacería en él el don ancestral de la maldición, el poder de destruir con la palabra y el deseo.

Con horror comenzó a comprobar su presunción: personas a las que había alguna vez maldecido con la palabra comenzaron a morir una a una, de manera poco casual. MORIAN TAL CUAL ÉL LO HABIA SOÑADO. Personas -incluso cercanas y queridas-, que él había condenado con el pensamiento, tenían el mismo fin deseado en el mal augurio: la muerte, el fracaso, la invalidez.

¿Quién no ha deseado la muerte de un vecino, incluso la de alguien querido? Hasta una tía suya -la tía Norah, pobre la tía Norah- que de chico lo correteaba jugando cuando él escapaba -y siempre le daba alcance-, terminó como alguna vez él deseó que terminara: en una silla de ruedas.

Comprendió entonces cuán extenso puede ser el odio que un simple mortal acumula en el tiempo. Cuánto desarrollo tendría la maldad, entonces, si se poseyera ese maligno don, ese poder de destruir -como un dios-, con el simple verbo.

Con sombría resignación, entendió el sino de su extraño destino: ser el depositario de todo el odio humano. La Humanidad toda -a la que le había deseado el exterminio más de una vez, como todo mortal-, comenzó a perecer en guerras, hambre y opresión. Poco a poco, sistemáticamente, se fue quedando solo y más solo en el mundo yermo, y más lleno de culpa.

Decidió entonces lanzarse a sí mismo su última maldición.



domingo, 20 de noviembre de 2011

Deseo, decepción (Cuento con D para Cuentosymas)


Después de desearte devotamente durante dos décadas, debo desistir del desafío.

Desfallezco.

Despreciado...desalentado... decepcionado... desearía detestarte.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Ser engranaje


Sentirse un engranaje inútil.

Es algo de lo que se ha escrito, y mucho.

Un engranaje que es descartado porque ya no sirve lo que hace.

Porque ya no es rentable para los dueños de la máquina.

Es una historia conocida.

Ahora me toca escribirla en primera persona.

Este engranaje fue despedido.

Después de ocho años, me echaron de mi trabajo.

Sin preaviso.

La vida no da preavisos para golpearte.

Ya no soy tan joven.

Y estoy un poco cansado.

Acaso este blog sirva realmente de algo.

Y alguien se apiade de este engranaje.

domingo, 23 de octubre de 2011

Aviso clasificado





Vendo Felicidad, buen estado, poco uso.

domingo, 16 de octubre de 2011

Orfandad

Cuando miro hacia atrás

y me veo en penumbras

sólo tu mano

dulce

me sostiene

en la noche opresora

y tu voz.

domingo, 2 de octubre de 2011

Taciturno

-La muerte es hermosa –dijo el tipo, y dio un suspiro nostálgico.

Ninguno de los que estaban allí presentes le llevó el apunte a lo que decía.

Era uno de esos bares de mala muerte que hay en el bajo. Solo había un sifón y unos vasos sucios sobre una vieja mesa.

-Yo ya estuve tres veces muerto –prosiguió el tipo-. Les aseguro que se la pasa mucho mejor que en vida...

Hubo un silencio seco. Nadie le contestó.

-Desearía volver a morirme –concluyó el tipo, taciturno.



domingo, 18 de septiembre de 2011

Llanto




Cuando el robot tomó conciencia de sí mismo, quiso llorar, pero no pudo: no estaba programado para el llanto.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Fulano de Tal

Levanté la pistola pesada -y sin mediar palabra alguna-, disparé contra el maldito. No había nada que decir. Sólo sabía que debía consumar mi venganza.

Mi prolija venganza.

El tipo tampoco dijo nada. Sólo me miró con curiosa resignación. Porque él sabía lo que yo venía a hacer.

Lo sabía muy bien.

El cuerpo del tipo cayó como cae una marioneta a la que le han cortado los hilos. Cayó sin hacer ruido cuando hice fuego. Un brote de sangre estalló seco en su pecho, y nada más.

Después solté el arma pesada -pesada y negra como la muerte-, y desde entonces, NO RECUERDO MÁS NADA.

-Acabo de matar a un tipo -dije en la comisaría a la que me presenté‚ como un espectro. Los policías de guardia -atónitos-, se levantaron despacio y me rodearon.

Yo me entregué sin luchar.

-Acabo de matar a un tipo -repetí mecánico-, pero no me acuerdo por qué...

Me apresaron, me esposaron y me procesaron. Pero de nada sirve que me interroguen ahora: mi mente está en blanco, totalmente en blanco, como una máquina cuya memoria fuera borrada por completo. Solamente recuerdo la pistola -pesada y negra como la muerte-, y la venganza, la prolija venganza.

Es absurdo: maté a un hombre -al que odiaba profundamente, esto lo sé-, para vengarme. Pero, ¿vengarme de qué...?

No se ni quién soy.

La venganza, que era mi única conexión con la realidad, fue ejecutada. Por consiguiente, ya no existo. Mi pasado, con este acto irrefrenable, ha sido abolido. Y de algún modo, mi vida misma ha desaparecido ya sin sentido ni justificación.

Sólo yo conozco los móviles de mi crimen. Sólo yo los conozco PERO YA NO LOS CONOZCO. De este modo, de este modo absurdo, mi crimen es perfecto: me declaro culpable de un delito que ya nadie podrá resolver.

No tengo documento alguno. Nadie reclama por mi paradero. No hay parientes ni amigos ni conocidos que me busquen desesperados en la noche. Tal vez estén muertos, todos ellos.

Tal vez a ellos vengara.

No sé a quién maté, aunque ahora me repitan su nombre una y otra vez, una y otra vez, aunque crean que finjo locura. Lo único que recuerdo es el odio -un sentimiento que parece no borrarse con nada-, y la prolija venganza que debía ser ejecutada, inexorable.

Inexorable.

Me acaban de identificar. Dicen que soy un Fulano de Tal al que no reconozco.


domingo, 14 de agosto de 2011

Cazador

La noche nos hace presas o cazadores.

La calle estaba oscura y volvía hacia mi casa.

Apuré el paso.

No había nadie.

Sólo silencio.

Doblé en una esquina y tuve una sensación.

Sentí que alguien me seguía en la oscuridad.

Primero pensé que sólo era mi imaginación.

O mi miedo.

El miedo es a veces el único enemigo.

Seguí caminando a paso firme.

Pero a poco de avanzar, volví a sentir la misma percepción.

Alguien me acechaba.

Me seguía.

Me vigilaba en la sombra.

Podía saberlo aunque no lo viera.

Aunque mi perseguidor se ocultara en la noche.

Apuré aún más el paso.

Corrí.

Creyendo escapar de mi cazador, crucé la calle.

Doblé la esquina.

Y allí no sentí nada más.

Un golpe en la cabeza y perdí el sentido.

Cuando desperté, estaba sentado en una silla, atado de pies y manos.

Apenas si podía ver en la oscuridad.

Intentando reponerme, oí una voz.

Me pareció familiar, como si ya la conociera.

Una figura se acercó hacia mí.

Cuando lo tuve a tiro, pude ver su cara.

Era igual a la mía.

Con horror, comprobé que el hombre era mi clon, mi gemelo.

Como yo mismo.

El tipo comenzó a hablar.

Me dijo que me había secuestrado para ocupar mi lugar.

Que sabía todo de mí.

Mi vida, mi trabajo.

Todo.

Le dije que se quedase tranquilo.

Que yo iba a proteger a su familia.

Sólo me resta deshacerme de mi cadáver.


domingo, 7 de agosto de 2011

Morgue

Denodadamente le expliqué al médico que yo no estaba muerto. Pero él insistió y me aseguró que mis parámetros clínicos coincidían con los de una persona fallecida: pulso, respiración, latidos, bla bla bla...

-Al diablo con sus parámetros clínicos –le espeté-. ¡Estoy vivo…! ¿No me ve?

-Lo siento –argumentó el galeno-, la ley es la ley, y para la ley, usted está clínicamente muerto.

Yo me rendí...

Y aquí estoy… en la morgue, con los otros muertos… A veces hablamos, nos contamos sobre nuestras vidas… Matamos el tiempo...


domingo, 31 de julio de 2011

Conveniencias de la muerte


Estar muerto suele ser muy conveniente.

Es simple: lo que no está vivo, ya no puede matarse.

Los virus, por caso, usan este método con eficacia: como no son seres definitivamente “vivos”, los antibióticos no los afectan, como sí sucede con las bacterias.

Es que no se puede matar lo que de algún modo ya está muerto.

Eso pensó el tipo cuando cargó la pistola y salió a tomar venganza.

domingo, 24 de julio de 2011

Cordones


Mi madre me enseñó a atarme los cordones de un modo más simple y distinto que el habitual.

Yo era tan sólo un niño.

Dijo que así sería más fácil para mí y que -más adelante-, aprendería a hacerlo como los demás.

Pasó mucho tiempo.

Aún me ato los cordones del mismo modo en que me enseñara mi madre.

martes, 19 de julio de 2011

Desconexión 2


El tipo estaba harto de vivir y quería que lo desconectaran de la vida. Entonces llamó a la empresa.

-Vida S.R.L., mi nombre es Lorena, ¿en qué lo puedo ayudar? –lo recibió una voz desde el otro lado de la línea.

-Buen día, señorita –dijo el tipo-. Vea, necesito que me desconecten de la vida... Ya no quiero vivir más...

-Bien, señor... ¿Su número de vida es?

El tipo recitó su número, pronunciando bien las sílabas.

-Muy bien, caballero. En unas horas, una cuadrilla lo visitará en su domicilio para efectuar la desconexión...

-Ah, qué suerte, muchas gracias...

-Qué tenga un buen día –dijo la amable telefonista, y cortó.

Pero el tipo esperó en vano la ansiada desconexión de la vida. Las horas pasaron y pasaron, y la cuadrilla nunca llegó.

Fastidiado, el hombre volvió a llamar a la empresa.

-Vida S.R.L., mi nombre es Luciana, ¿en qué lo puedo ayudar? –lo recibió otra amable voz desde el otro lado de la línea.

-Buen día, señorita, mire, yo llamé hoy por la mañana para efectuar la desconexión de la vida. Me dijeron que venía una cuadrilla, pero la cuadrilla no vino...

-¿Su número de vida es?

El tipo deletreó pacientemente su número de vida.

-Así es –dijo la amable telefonista-. Usted hizo el reclamo de desconexión. Por desgracia la cuadrilla está muy ocupada y por eso se demoró en desconectarlo. Pero si espera un tiempito más...

-Es que yo no quiero vivir más, señorita...

-Lo entiendo, tenga paciencia, que ya le efectuaremos la desconexión...

-Bueno –se conformó el tipo-. Esperaré...

-Que tenga un buen día –dijo la amable telefonista, y cortó.

El tipo esperó sentado la desconexión de la vida, pero la desconexión no llegaba. En la terrible espera, el hombre comió algo, vio el partido y se fue a dormir.

Pero al otro día, seguía tan vivo como de costumbre. Harto de esperar en vano, volvió a llamar a la empresa.

-Vida S.R.L., mi nombre es Juan Carlos, ¿en qué lo puedo ayudar? –lo recibió una nueva y amable voz desde el otro lado de la línea.

-Vea, señor, hice ayer el reclamo de desconexión de la vida, me dijeron que la cuadrilla estaba demorada. Esperé, pero sigo vivo... ¿hasta cuándo tengo que esperar...? –se exasperó el hombre.

-Lo entiendo, calmesé, amigo, a veces la desconexión tarda un poco...

-¡Pero ya hice dos reclamos...!

-¿Su número de vida es?

Totalmente molesto, el tipo declamó a viva voz su número de vida.

-Ah, caramba –exclamó el amable telefonista-, me temo que tenemos un problema...

-¿Cómo?

-Sucede que tuvimos un desperfecto en un transformador que está en su zona, de modo que por el momento no lo podemos desconectar de la vida...

-Pe-pe-pero –balbuceó el tipo-, ¡yo me quiero morir!

-Figuresé que si lo desconectamos a usted, deberemos desconectar a cientos de personas que no lo desean... y eso no es posible...

-No lo puedo creer…

-Lamentablemente, usted deberá seguir viviendo, por el momento...

-No lo puedo creer... –repitió el tipo como un zombi.

-Que tenga un buen día –dijo el amable telefonista, y cortó.

El tipo colgó el teléfono aterrado.

domingo, 10 de julio de 2011

Estampitas*

Tiene siete años.

Deambula harapiento por los oscuros vagones del subterráneo.

No dice palabra alguna.

Saluda a los pasajeros indiferentes del siguiente modo: tiende su mano a cada uno, con una sonrisa. Al que le responde el apretón, le entrega una estampita.

Minutos después, y sin decir palabra, recoge una a una las estampitas repartidas. Algunos pasajeros, muy pocos, le sueltan unas monedas.

Una vez recolectado su precioso tesoro, pasa al siguiente vagón.

No lleva expresión alguna en su cara.

Tiene ocho años.

Deambula por los vagones del subterráneo.

No dice palabra alguna.

Saluda a los pasajeros del siguiente modo: tiende su mano a cada uno, con una sonrisa. Aquel que le responde el apretón, le entrega una estampita.

Minutos después, y sin decir palabra, recoge una a una las estampitas repartidas. Algunos pasajeros, muy pocos, le sueltan unas monedas.

Una vez recolectado su precioso dinero, pasa al siguiente vagón.

Su cara ya no tiene expresión alguna.

Tiene nueve años.

Desearía no haber nacido.


*Este cuento formó parte de un texto que obtuvo el Segundo Premio en el Primer Concurso de ensayo periodístico "Escribamos por los chicos" del Programa Proniño contra el trabajo infantil.

domingo, 3 de julio de 2011

Mañana será otro día



Hoy me levanté sin signos de vida.

Voy a esperar a mañana a ver si se me pasa la muerte.

domingo, 26 de junio de 2011

Anti-yo

Los científicos aseguran que cada partícula subatómica tiene una partícula gemela e inversa que le da sentido. El electrón, por caso, tiene al positrón; el protón, al antiprotón.

Y así sucesivamente.

En otras palabras: la materia misma tiene su correlato en una materia idéntica y opuesta, la llamada antimateria.

Esto significa que en algún lugar del espacio-tiempo existe alguien inversamente igual a mí, pero que es feliz.

domingo, 19 de junio de 2011

Indique su destino

El telegrama fue escueto: estaba despedido.

A los 46 años, se quedaba sin empleo.

¿A dónde iba a conseguir otro, a su edad?

Después de recoger sus cosas de la empresa, saludó a sus compañeros y se fue a la terminal de colectivos, rumbo a su casa.

Como lo hacía todos los días.

Con una angustia creciente en el pecho, hizo la fila y subió.

“Indique su destino”, decía la máquina que emite los boletos.

“¿Mi destino?”, pensó el hombre.

¿A dónde iba a conseguir otro empleo, a su edad, y con una mujer y cuatro hijos?

“No tengo destino”, se dijo el hombre para sí.

No tengo destino.

Se quedó mirando a la máquina con la vista perdida.

“Indique su destino”, repetía la pantalla verde.

Los pasajeros que hacían cola se impacientaban.

El chofer reclamó algo que el hombre no alcanzó a oír.

Volviendo a la realidad, pagó el boleto.

No tengo destino.

Recogió las monedas del vuelto y se metió entre la gente abigarrada que viajaba en el colectivo, hacia algún suburbio de la ciudad.


domingo, 12 de junio de 2011

Perdido


Me perdí desesperado en la multitud.

Yo era tan sólo un niño.

Creo que aún sigo perdido.

domingo, 5 de junio de 2011

La torre

Los técnicos de la empresa determinaron que el antiguo cementerio del pueblo era el mejor lugar para instalar la nueva torre de telefonía. El Municipio fue convenientemente avisado de la situación, pero las autoridades rechazaron la idea de ceder el terreno. Allí reposan -argumentaron-, las almas de miles de difuntos.

La empresa elevó su oferta de compra por el campo santo, pero el estado volvió a rechazarla. Entonces los gerentes recurrieron a la Justicia. Arguyeron algo sobre la “libre competencia”, los “mercados” y no sé qué otras cosas más.

Como era de esperar, los jueces fallaron a favor de la empresa.

Finalmente, la torre de telecomunicaciones se elevó –enhiesta, fría, negra-, sobre el antiguo cementerio del pueblo.

Pero desde entonces, los usuarios de teléfonos no dejan de protestar por unos extraños gemidos, unos quejidos horribles que cortan las llamadas de los celulares, sin que los técnicos hayan podido determinar aún su procedencia.


domingo, 29 de mayo de 2011

Fantasma


-Reconozco que a mí la muerte me ha resultado muy aliviadora –dije.

-A mi no –me respondió el otro fantasma.

domingo, 22 de mayo de 2011

La fiera

El sultán oprimía a su pueblo con puño de hierro.

Una noche, el sultán soñó que era despedazado por unas fieras.

Al día siguiente, perturbado, el sultán ordenó que todas las fieras que habitaban el país fuesen ultimadas.

Y así se hizo, porque en aquella nación siempre se hacía la voluntad del sultán.

Mas un buen día, el sultán decidió pasear por la capital con su comitiva, para mostrar ante el pueblo su gallarda majestad.

El pueblo odiaba al sultán, pero también le temía.

En un punto del trayecto del paseo real, la guardia pretoriana se perdió entre las callejuelas de la ciudad, atestadas de gentío y puestos de frutas.

El sultán, de pronto, se encontró desguarnecido.

¿Dónde estaba la poderosa guardia real?

Imprevistamente, el sultán estaba inerme entre el pueblo, solo y sin sus soldados pretorianos.

La reprobación de la gente se tornó en griterío y luego, era de prever, en agresión.

Era una oportunidad única: nadie custodiaba al aterrado monarca.

Entonces, el pueblo se abalanzó sobre la comitiva y mató al sultán, que fue despedazado y arrojado al barro.

A veces el pueblo se comporta como una fiera.


domingo, 15 de mayo de 2011

Silencio


Ella se fue por la boca del subte.

Yo no me atreví a decirle lo que sentía.

Se fue y no le dije nada.

En ese instante, supe que me arrepentiría toda la vida de ese instante.

domingo, 8 de mayo de 2011

El Viejo


El Viejo vivía debajo de la autopista.

La autopista que está al lado de la iglesia.

Vivía en una caja de cartón.

Una caja de cartón era toda su casa.

Vivía solo, excepto por su perro.

En su casita de cartón el Viejo juntaba más cartón.

Y lo vendía a los cartoneros.

No hablaba con nadie.

No hablaba nunca.

Y no porque fuese mudo.

No.

Simplemente no hablaba nunca con nadie.

Excepto con su perro.

Con él sí hablaba.

Sólo hablaba con su perro.

Pocos han visto sonreír al Viejo.

No tenía de qué.

Sólo sonreía con su perro.

El perro lo seguía a todas partes.

Lo seguía a todas partes al Viejo.

Hasta que un día su perro murió.

El Viejo se quedó en su casita de cartón.

Nunca más se lo vio.

Nadie lo echó de menos.


domingo, 1 de mayo de 2011

Aburrimiento




Llevo muchos siglos de aburrimiento.

Esta inmortalidad empieza ya a molestarme.


domingo, 24 de abril de 2011

Peso muerto


Los cadáveres suelen ser pesados.

Lo que se dice un peso muerto.

Es difícil deshacerse de ellos.

Yo intenté de varios modos.

Lo oculté.

Lo enterré.

Lo quemé.

Pero mi cadáver me sigue acompañando a todos lados.


domingo, 17 de abril de 2011

Cigarrillos

-Me voy a comprar cigarrillos –le anunció el hombre a su esposa.

-¿Vas a tardar mucho? –preguntó la mujer.

-Unos veinte años, tal vez…

-Ah –dio un respingo la señora-. Entonces lleváte este pulóver. Refrescó.

domingo, 10 de abril de 2011

El retroversor del tiempo

El tipo le hizo un ademán al chofer y subió al colectivo: era uno de esos vendedores ambulantes que llevan su mercadería en un bolso y la pregonan entre los pasajeros, generalmente con poco éxito.

El hombre saludó al colectivero y se puso de frente a los eventuales viajeros.

-Buenos días, señores pasajeros –anunció-, les traigo en esta oportunidad un producto infaltable en la cartera de la dama y el bolsillo del caballero, un producto extraordinario que cambiará sus vidas para siempre… ¡Para siempre…!

Y pronunció ese “¡Para siempre!” con mucha determinación.

Pero ninguna de las personas que iban en el colectivo le prestó la más mínima atención, acostumbradas acaso a las exageraciones de los vendedores ambulantes. Algunos de los pasajeros iban tan ensimismados en sus problemas, que ni siquiera miraron al hombre. Otros, los más jóvenes, viajaban enfrascados en sus ipods y en sus sordos auriculares.

-Directamente de fábrica –prosiguió no obstante el tipo-, les presento el fabuloso “retroversor del tiempo”, una máquina magnífica que le permitirá alterar su destino…

El hombre sacó del bolso un pequeño aparato, similar a un viejo reloj de mano, con una antena en una punta y un par de botones coloridos.

-El “retroversor del tiempo” –continuó el hombre-, tiene la increíble propiedad de retroceder el espacio-tiempo de su usuario por unos 5 o 10 minutos, de modo que usted puede cambiar lo que quiera en ese lapso y alterar el curso de los acontecimientos…

Aquello parecía verdaderamente increíble, pero nadie entre los pasajeros se inquietó en lo más mínimo por el hecho, excepto Juan Pablo, un joven estudiante de física que iba a la facultad y que escuchó como al pasar lo que el vendedor decía.

“¿Una máquina para retroceder en el tiempo? –pensó Juan Pablo para sí-. Esto debe ser una mentira…”

Pero el vendedor siguió con su seguro speech.

-¿Usted metió la pata y pronunció algo inconveniente? –se preguntó-. No se preocupe: accione el “retroversor del tiempo” y vuelva 5 minutos hacia atrás. De ese modo, evitará decir lo que no quería decir…

Los pasajeros, inmutables.

-¿Usted se encontró con una persona molesta? –prosiguió el vendedor-. No se haga problema: accione el “retroversor del tiempo” y vuelva 5 minutos hacia atrás. De esa manera, podrá eludir a esa persona que no quería encontrar…

Juan Pablo estaba anonadado. ¿Cómo una máquina capaz de retroceder en el tiempo podía venderse en un colectivo? ¡Sería el descubrimiento más importante de la historia! Estuvo tentado de agarrar el aparato que el vendedor tendió uno a uno a todos los pasajeros. Pero a último momento, lo rechazó.

“Es absurdo… una máquina para retroceder en el tiempo… nah, esto debe ser un engaño”, pensó Juan Pablo y decidió mirar por la ventana y desviar la vista del vendedor.

El hombre terminó de ofrecer su aparato desde una punta a la otra del colectivo.

-Exclusivo, el increíble “retroversor del tiempo”, a sólo 20 pesos, 20 pesitos solamente…. ¿para qué otra persona más..?

Pero nadie le compró. Ni siquiera se molestaron en ver el misterioso “retroversor del tiempo”.

Nadie.

-Muy bien, señores pasajeros, disculpen las molestias ocasionadas y que tengan un buen viaje –concluyó el hombre amablemente.

-Está brava la cosa… –le dijo el chofer, al ver la fracasada venta.

-Así es, maestro –respondió el tipo con resignación-. Me bajo en esta… Gracias por todo…

El hombre saludó al chofer y se bajó en la primera parada. Luego sacó un “retroversor del tiempo” de su bolso, lo accionó y retrocedió el tiempo unos 10 minutos hacia atrás. Entonces dejó pasar el colectivo en el que venía Juan Pablo y se subió al que llegaba detrás.

“A ver si en este vendo alguno”, pensó el hombre con amargura.